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Javi Álvarez – laRepúblicaCultural.es

Cada día es más difícil estrenar una película en este país. El tiempo de Plácido Meana lo hizo al comienzo del verano, en dos salas, una de Madrid y otra en el Ferrol. Aguantó como pudo y desapareció. Apenas hay oportunidades para el cine pequeño, el que no tiene una gran distribuidora detrás. Les tocó salir a buscar los espectadores ya que no cuentan con esas gigantescas campañas de marketing que emplea la gran industria cinematográfica de los Estados Unidos. Aquí muy pocos cineastas se lo pueden permitir. Bastante complicado resulta conseguir una sala en la que estrenar. Es una pena que mucho de nuestro cine no llegue a proyectarse o que lo haga durante tan poco tiempo porque somos los espectadores quienes estamos perdiendo con esta situación.

El tiempo de Plácido Meana es de esas películas que merecía haberse visto mucho más. Kike Narcea ha hecho una buena comedia, un tanto disparatada y algo flipada, pero tan llena de ingenio como de dificultad para catalogarla. La película tiene un punto de naturalidad, por encima de la ingenuidad, que enamora. Y es que la vida no es otra cosa que una sucesión de hechos intrascendentes, y la mayoría de las veces, además, insatisfactorios. Asumir esa máxima y emplearla como materia prima para un largometraje es algo arriesgado. Sin embargo le sale bien, el espectador se entrega de primeras, venciendo todas sus reservas, y comienza a compartir el viaje de los protagonistas de la historia, unos personajes pasados que sin embargo no han perdido la capacidad de absorber lo que ocurre a su alrededor sin “despeinarse”, por muy loco que sea lo que les cae encima. Ese aguante engancha.

La película es una gran mezcla en la que cabe de todo: un corto, un documental, el monólogo sobre Don Pinpón, una disertación en una librería de cómics alrededor de un personaje de la Guerra de las galaxias, contar un acoso, las charlas de café entre la camarera y una mujer cartero… Cada una de estas piezas encaja. Es cierto que podría haber ido por otros caminos, detenerse en otros instantes, pero la historia está al servicio del universo que se crea y para conformarlo de manera tan irreverente hay que dejar “trotar” con libertad a sus habitantes. Fuman, charlan, ven la tele, nos dan sus puntos de vista, su filosofía… y todo desde otra forma de contar, con otro ritmo.

Me gusta de El tiempo de Plácido Meana que está contado con historias convergentes, cotidianas y familiares. Algo que, en el fondo, nos permite entender las excentricidades y dejar lugar para que siempre se pueda resolver cada situación desde el lado más inesperado y de la manera más imprevisible. El espectador viaja de sorpresa en sorpresa, lejos de lo trillado, engañado por la magia de un buen contador de anécdotas.

Su mensaje de la película es muy claro: quizá no deberíamos tomarnos las vida tan en serio. Su guion es tanto alucinado, con momentos que rozan lo absurdo y bastante friquismo. Y sin embargo sus diálogos entran bien, son directos y dicen lo que quieren decir sin la menor ambigüedad. Narcea juega a dar tiempo al tiempo, a construir con imágenes su mundo sin prisa. Cuando lo tiene, lo carga con acierto de crítica, de buen cine y de homenajes. La estructura crece por sí sola, dejando atrás la anécdota con la que arranca todo la historia. Son los personajes, los actores y actrices que hay tras ellos, quienes la asientan con solidez, cada uno haciendo su parte, enfocando hacia donde está la vida como único argumento. Lo demás son “macguffins”.

El tiempo de Plácido Meana no deja títere con cabeza. Por reírse, la película llega a criticarse a sí misma, algo de agradecer y que denota una buena chispa de humor ácido. Sabe también huir de tópicos y si decide abordarlos lo hace poniendo la cámara en otro lugar, para que sintamos la diferencia.

Mientras sigamos sin decidir el modelo de cine en España, desojando esa margarita del patrocinio, el número de películas realizadas ha bajado. Parece que ese modelo político que la derecha nos quiere traer solo podrá llevarnos a dos tipos de películas; unas con abundante financiación privada, amparada por el dinero que van a desgravar las grandes empresas y el capital circulante que van a crear entre sus compañías subsidiarias, y el otras de bajísimo presupuesto. Para ese cine emergente que ahora se llama de “low cost”, hecho con pocos medios, con mucho ingenio y con la ayuda de quienes forman el equipo volcados en conseguir llevar adelante su película, El tiempo de Plácido Meana tiene mucho que contarles.

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